EL SUPLICIO DE SEBASTIÁN
Desde niño Sebastián le tuvo miedo a un canto. Todas las
mañanas lo despertaba un sonido como: cra cra cra cra raca raca raca raca.
Creyó que era un carro viejo, pero bien podía ser una señora llamando
a sus gallinas.
Precisamente lo conoció el día 8 de agosto que eran sus
cumpleaños.
-¡cuidado con la pájara! -le advirtieron –hay algo que no le
gusta mucho: que la miren fijamente.
Apenas le habían advertido esto Sebastián miro el ave, grave
error. La reacción no se hizo esperar y el ave se le lanzo y de un picotazo le
quitó el dedo chiquito de la mano.
En ese momento la salvación fue agarrar una piedra y darle tres golpes en la cabeza y salir corriendo.
Pero las cosas se complicaron porque Sebastián tenía que
pasar por allí, siempre, de camino a su nuevo colegio. Una mañana iba distraído
leyendo un cuaderno, cuando se encontró de frente con el ave en la arte más
angosta del camino. Así que Sebastián alcanzo a levantar la mirada hacia las
copas de los árboles. En esa incómoda posición y muerto de miedo, Sebastián
siguió caminando fue inevitable un curioso accidente: se chocó con una cuerda
de alambre y se clavó las púas en las piernas.
Ante tal situación la respuesta del ave fue empezar a cacaraquear y a
perseguirlo rápidamente.
Después del primer incidente el ave tomo la costumbre de
matonear a Sebastián y de mirarlo de forma agresiva, cacaraqueando, picoteándolo
y haciéndolo sentir con mucho miedo ante
su presencia.
Era una
situación insoportable. Por eso Sebastián busco una solución desesperada. Con
miedo a que lo siguiera no podía dejar de mirarla pero se propuso a quitarle la mirada y a ignorarla. La guacharaca se relajó y se alejó del lado de
Sebastián y así él pudo continuar su camino diariamente más tranquilo.
Julieth Paola Sánchez
Pérez
No hay comentarios:
Publicar un comentario
¿Cómo te pareció?
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.